jueves, 17 de enero de 2013

Deriva

Se dejó ir a la deriva, vencido por unas olas espesas como babas; cuando su destino se presumía el profundo mar, divisó un carguero que se acercó lentamente hacia la lancha. Dos marineros lo izaron a bordo y un hombre con barba poblada, quizás el capitán, dio órdenes en un lenguaje para él desconocido y lo acomodaron en cubierta donde le suministraron agua y algunos alimentos.

Rendido y adormecido, lo despertaron unas voces,  observando cómo los tres hombres que lo rescataron se alejaban en su abandonada lancha. Intentó localizar algún otro tripulante pero pronto asumió que él era el único viajero en el barco. Una bandera extraña ondeaba con desgana, pareciendo dirigir un buque a la deriva.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Oferta bancaria


   Acababa de salir de una relación que socavó mi cuerpo y mi alma hasta dejarme exhausto sentimentalmente. El centro comercial se encontraba a esa hora más que animado y nada más traspasar una de sus puertas, una chica joven, con el pelo recogido en un gracioso moño, se me acercó con un porta-papeles y me preguntó con qué entidad bancaria trabajaba. Casi sin dejarme hablar, me señaló el stand de donde había salido y en el que un letrero mostraba con grandes letras: “Bankarta”: su banco abierto

     - ¿Y que me ofreces? - Dije con aire de fingida suficiencia.

     - Pues, nuestro banco, por el simple hecho de trabajar con nosotros, le ofre…

   No la dejé terminar

    - No has entendido mi pregunta: ¿Qué me ofreces ? – su juventud me impulsó a prescindir del usted. No me malinterpretes, no pretendo ligar sino que sólo quiero saber lo que una mujer como tú, puede ofrecer a un hombre desengañado, cuarteado y roto.

   Ella se sorprendió y reaccionó con una disimulada sonrisa mirándome a los ojos:

     - Me ha desarmado – dijo. Es la primera vez que alguien contesta de este modo a mi oferta bancaria. Estoy acostumbrada a que se metan con mi trasero, con mi escote e incluso que me manden a paseo, pero usted…

   De nuevo la interrumpí:

    - No me recuerdas a nadie en particular, con lo fácil que resultaría esa estrategia; ni siquiera puedo hablar de un flechazo. Pero algo me dice en mi interior que tienes mucho y bueno que ofrecerme. No suelo equivocarme. Tu cara es transparente y pude ver trajinar tu cabecita mientras me hablabas e intentabas vender tu producto. Me atrae el equilibrio que emanas. No quiero destacar de ti ninguna de tus cualidades físicas que cualquier hombre vería de no ser ciego, pero sí un conjunto de percepciones que me arrebatan.

     - Bueno, perdone, debo dejarle, gracias por su atención - dijo la chica, pero ella se quedó unos segundos, como esperando a que yo siguiera con mi monólogo abierto.

   -Yo – continué - en cambio, sólo puedo ofrecerte una dedicación exclusiva. No dejar que pases ni un momento sin dar gracias a la vida; regalarte día a día una panoplia de atenciones; intentar que en los momentos en los yo no esté a tu lado, me evoques con hambre -ella hizo un además de marcharse - ¡No te vayas! Los bancos son impersonales y hoy, por muchos clientes que consigas, no evitarás que te den una patada en el culo cuando no te necesiten. Me atrevo a invitarte a un café. Si me dices que no, me iré por donde he venido pero, eso sí, con la sensación de haber perdido esta oportunidad, ¡quien me lo iba a decir!, que un banco me ha dado y que difícilmente se repetirá.

  Ella se giró para marcharse pero rápidamente se volvió hacia mí y me dijo: 

- Espera a que me despida de mi jefe. Yo lo tomo descafeinado con poca leche.

martes, 16 de octubre de 2012

El ciclista y el viejo




     Enrique despertó a su bicicleta reposaba en un rincón y se dispuso a recorrer los 50 km que le separaban del monte Aralán. Llaneaba sin esfuerzo hasta que enfiló las cuestas que se retorcían sobre la ladera, momento en el que aparecieron islas de sudor en su vieja camiseta. En el último kilómetro, con un pronunciado desnivel, su corazón era una batidora de sangre y sólo su amor propio le llevó hasta la cima. Allí encontró a un viejo, sentado en una piedra, que le saludó y le pidió algo de comer. Enrique, con una ostensible capa de sudor, se interesó por aquel anciano que parecía simplemente sobrevivir y entabló conversación, que enseguida hilvanó el vagabundo, diciendo:

  • Llevo aquí mucho tiempo, ¿sabe? Tanto que casi no lo recuerdo. Subí cuando aún era un niño y ya ve, después de tantos años me he hecho a esta montaña a la que ya considero mi casa. Vivo en una choza de troncos y ramas y no me falta comida pues este paraje me da todo lo que necesito: bayas, hierbas y algún que otro conejo que pueda cazar con mis trampas. Además, los excursionistas, como usted, me dan siempre algo que llevarme a la boca, incluso cerveza, que a mí me sabe a rastrojo, así que, paso las horas y los días y no echo nada en falta. También consigo tabaco y si no, me fabrico, ¿sabe?, un cigarro de matalauva. A veces rezo alguna oración que mi madre me enseño antes de dormir y ojeo revistas de colores que la gente deja abandonada, aunque no llegué a aprender a leer del todo…
  • Pero…tendrá usted aún familia y bajará con frecuencia al pueblo, ¿no?, interrumpió Pedro.
  • ¡Con frecuencia, dice! Ya le dije que ésta es mi casa y además, no me enseñaron a bajar. Me da pánico abandonar la montaña. Podría despeñarme. Me van fallando las piernas ¿sabe? y mi vista no alcanza ni un metro. Además, ¿qué se me ha perdido a mí en el pueblo? ¡Deje, deje! ¡De aquí no me mueve ni Dios! ¿Quiere que le haga una vara para que le ayude a caminar? Dedico buena parte de mi tiempo a pequeños trabajos que luego cambio por lo que quieran darme. Pero no piense que soy comerciante. No quiero dinero y eso que mucha gente es muy generosa y quieren recompensarme con monedas. Pero prefiero el trueque. El otro día me dieron una pastilla de jabón por un tirachinas. Cuando se tercia, ¿sabe?, me lavo en un pequeño manantial que hay aquí cerca, que para la mugre se necesita algo más que agua.
  • Le pregunté antes por su familia. ¿No le echan de menos? ¿No vienen de vez en cuando a visitarlo?
  • Por mi edad, ¿sabe?, estoy seguro que mi familia, la que recuerdo de mi infancia, ya estará criando malvas o, si queda alguno vivo, no creo que esté mejor que yo. No conocí a mi padre, que murió ahogado antes de nacer yo -esta frase la pronunció el viejo casi susurrando – y mi madre debió preguntar por mí cuando me dio por subir una tarde de enero a esta montaña y tardaba en regresar a casa. Pero, por aquellos tiempos, ¿sabe?, en el pueblo pasaban cosas tan raras que nadie, ni siquiera una madre, preguntaba los por qué. 

    Fueron malos los primeros años aquí arriba. Era muy niño y, aunque nunca me dieron miedo  los animales, por aquí merodean alimañas que de noche rascan el follaje y por entonces sí que se me ponía la piel de gallina. Lo que son las cosas, ahora ese ruido me da compañía.

     Tras un breve silencio, el viejo lió un cigarro, ofreciéndole uno a Enrique, y sacó de un zurrón dos cucharones de corcho.

  • ¡Le invito a un trago, amigo! Carmelo, el guarda forestal, me trae de vez en cuando unos cuartillos de vino. Mire, los cucharros, ¿sabe?, son mejores que los vasos. Se bebe el vino como si fuera sopa y te llega hasta las entrañas. Una vez, ¿sabe?, me pasé y estuve dormido casi un día entero. Se asustaron cuando me encontraron sobre el pie de un árbol, quisieron llevarme al médico del pueblo. Menos mal que desperté y de una coz conseguí quitar de en medio a los hombres que me agarraban por los brazos.

     Enrique abrió un pequeño recipiente de plástico y compartió con el viejo un bocadillo de jamón York y una bebida energizante.

  • No está malo, dijo el viejo, pero echo de menos el pan con tocino que mi madre me daba en la merienda. Una vez, ¿sabe?, me regalaron una cabra. ¡Pobrecita! Me acompañaba como un perrito y con su leche me alimentaba en los días crudos de invierno, cuando casi nadie sube por aquí. Murió despeñada en el barranco de Revientacabras. ¡Qué bien puesto está el nombre ese!

     El tiempo pasó con una rapidez inusitada para Enrique y en el momento que decidió montar la bicicleta y despedirse del viejo, éste le seguía describiendo su día a día en la cima del monte. Tras amagar un adiós, abandonó de nuevo la montura, y dejándola sobre un árbol, volvió a sentarse junto al viejo.
  • Por cierto, llevamos un buen rato charlando y aún no sé como se llama.
  • Llámeme Garrafo, ¿sabe?, así conocían a mi abuelo y a mi padre y así es como me llaman…y no me hable de usted. No tengo estudios y me suena raro.
  • ¿Sabes? - Pedro se contagió de la coletilla de Garrafo-, también a mí me da miedo ahora bajar el monte. ¿Te importa si te hago compañía?
  • Puede usted, si quiere, hasta quedarse esta noche en mi cabaña. Cabemos los dos de sobra. Es cuestión de hacer otro camastro de brezo.
  • No me refiero a esta noche, Garrafo, sino para siempre. Enrique dio otro bocado al pan y se lo pasó al viejo. ¡Los de abajo pueden esperar hasta que se olviden de mí!

     Garrafo tomó una castaña del suelo y la mordió con unas paletas ennegrecidas que asomaban entre unos labios curtidos por la libertad.

jueves, 11 de octubre de 2012

La momia


El temporal castigó con saña a la iglesia de San Gregorio, causándole mil y un desperfectos, entre ellos, el mordisco a una pared que dejó al descubierto un oscuro habitáculo.

Una vez derribado el falso muro, apareció en su interior el cuerpo momificado de un hombre que debía llevar allí largo tiempo. La mano del muerto asía una especie de cincel y parecía apuntar con él hacia una de las paredes que cerraban el estrecho cubículo. Junto a la momia, un canasto de mimbre contenía argamasa endurecida con una paleta incrustada  y, algo más retirados del cuerpo, yacían, apilados en el suelo, unos ladrillos de adobe y alguna que otra pieza de cantería. 

Rascando bajo la humedad de la pared señalada por el cadáver, salió a flote una inscripción, grabada en la piedra, con líneas torcidas y en un latín fugaz:

"complta relnqit rim problitu sum ostim"

Ramón Castro, experto en lenguas muertas, tomó nota de los latinajos y reconstruyó el texto:

"completas relinquit rima pro oblitus sum ostium”

Traduciéndolo seguidamente:

Obra terminada. He olvidado dejar un espacio para la puerta.

lunes, 24 de septiembre de 2012

El Anillo


Mi novia siempre se detenía en el escaparate de esa joyería. Miraba con indisimuladas vetas de ilusión un anillo que brillaba con especial fulgor entre un bosque de alhajas.

-Algún día podré comprártelo, decía yo observando su carita de niña a la que se la antoja un helado.

-¡Cariño! ¡Pero si cuesta casi medio millón de euros!

No pude dormir esa noche. Aún no había amanecido cuando me dirigí a ese cajón del armario donde yo sabía que yacía una polvorienta pistola que perteneció a mi abuelo, que murió durante la guerra civil. Mientras me hacía con ella, recordaba que mi padre, ante mi reiterada curiosidad, me decía que el abuelo nunca la utilizó porque para él, la vida humana era sagrada.

Entré armado en la joyería. Tenía más miedo que el dependiente. Le apunté y le conminé a que me diera el anillo. Hizo un movimiento extraño y yo apreté el gatillo. Ante mi sorpresa, me ensordeció un estampido y una bala atravesó la cabeza del desgraciado. Salí corriendo con mi botín ¡Quien iba a pensar que la pistola aún alojaba la muerte!

Esa tarde, ante mí, ella mostraba orgullosa el anillo en su dedo anular.

-¡Tonto! ¿Por qué te has gastado tanto dinero! Te engañé con el precio para que no lo compraras. Sé lo que representan para tí los 60 euros que te ha costado, ahora que estás en el paro. ¡Anda, dame el ticket de compra! ¡Vamos a devolverlo!


Parte de la historia que su padre nunca le confesó: El abuelo guardó un bala para sí mismo en el caso de que los fascistas le detuvieran, pero otra bala perdida acabó con su vida. Un compañero guardó la pistola y se la dió a la familia como recuerdo de un hombre que odiaba la muerte.

lunes, 20 de agosto de 2012

Bañeras


¡Cuanta nostalgia de ese cuerpo blanco de harina que se escondía entre espuma y globos de jabón irisado!  Tu mano se introducía en mí esperando que yo te regalara la tibieza del agua antes de poseerte. Yo rebosaba de gozo cuando desplazabas mi contenido. 

Los libros de física lo olvidan pero, ¿no se inspiró Arquímedes en tu empapada anatomía? Te desnudabas con esa elegancia tan desinhibida  que yo presenciaba a través del espejo cuya piel de cristal se velaba con el vapor de mi respiración.  ¡Cómo ardía de celos cuando ese hombre te acompañaba a veces en tu baño.! Intentaba extraer el tapón para dejar a la vista esas manos que te acariciaban bajo el oleaje que vuestros cuerpos provocaban en mi pequeño mar. Sin embargo, ¡me sentía tan feliz en tus placeres solitarios! Tus jadeos y risas me daban vida. Cuando me abandonabas, tu epidermis arrugada de tanto placer, se refugiaba en esa toalla azul, envidiado manto de reina,  que dejabas después con mimo sobre mi regazo.

Llegó mi hora. La esperaba. Ahora, aunque triste, aún me siento útil recogiendo el agua de ese canalón que vierte la lluvia sobrante de tu tejado. Mis labios enverdecen de placer cuando te veo acercarte con tu bata de seda y miro con disimulos tus muslos que durante tanto tiempo probaron mi vientre.



Tú al menos aún bebes agua, Yo, olvidada, en medio de esta sierra, soportando las inclemencias del tiempo, no tengo ni siquiera el consuelo de una lluvia reparadora que me colme y que sólo resbala por mis costados. Podría mentirte contándote historias de baños increíbles...pero ¡para qué! No tuve tu suerte. Mi recuerdo no es de celofán sino de un grosero envoltorio. Nací defectuosa y no tuve la oportunidad de ser útil a esos cuerpos que esperaba ardientemente. Me abandonaron a mi suerte. Las hojas me acompañan y algunas castañas consiguen mantener mi atención y sacian en parte mi aburrimiento. Miro hacia la casa que me despreció y veo entrar a esa mujer de piel morena que tanto me recuerda a tu sirena.

Sólo me queda desearte mejor suerte que yo en esa tu segunda etapa como recolectora de agua de lluvia y que tanto envidio.

(fotos del autor)

viernes, 17 de agosto de 2012

Cibertrovador


(poema anacrónico-jocoso en octosílabos)

Al pie de esta torre aguardo
que te asomes, alma pura
no es el tiempo el que dura
sino la hoguera en que ardo

Mi móvil en el regazo
Un portátil que me jura
conseguir la cobertura
para colmarte de abrazos

Y tú, en silencio, ni caso
tu indiferencia procura
regar tu amor, sin factura
por mis venas, dando saltos

Consigo entrar en el lazo
del wi-fi que el bien augura
parece que me asegura
conexión pero con plazos

Entro, resisto el retraso
la impaciencia ya me apura
y me adentro en la espesura
del Google, que me da paso

Tu ventana, a cal y canto
sin señal de luz, a oscura
sin esperanza futura
de tenerte entre mis brazos

Con mis dedos, tecleando
sigo en mi fiel aventura
pues no hay peor quemadura
que la pasión que yo aguanto

Un mensaje que es quebranto
y esperando su lectura
como manzana madura
sale del vil aparato

Más si se pierde el contacto
de quien depende mi cura
me sobran y con holgura
los correos que te mando

Sigo aquí, desesperado
bajo esta cruel dictadura
y la insufrible locura
de un Internet enroscado

Recurro al móvil mundano
lo acerco a mi comisura
pero todo es impostura
pues estás comunicando

Y grito en mi desencanto
¡si esta ciencia en miniatura
no transmite mi ternura
reniego de este adelanto!

Amanece y ya me marcho
con un poso de amargura
y también, de calentura
que llevo un mes sin probarlo