domingo, 13 de mayo de 2012

La ratonera


El ascensor llegó al tercer piso. Preparó la llave y observó que la puerta de su casa había desaparecido. La pared del descansillo cubría el vano antes ocupado y la impresión era de que sólo había una vivienda por planta. Llamó a la puerta de enfrente y la vecina le corroboró que, efectivamente, se había percatado del hecho, sin darle mayor importancia. Volvió sobre sus pasos y al ir a tomar el ascensor también éste se había esfumado. Ni rastro del hueco por donde se desplazaba. Bajó por las escaleras pero no pudo salir a la calle. El portal del edificio se había transformado en una tapia cuyos ladrillos aún olían a cemento fresco, como recién puestos. Intentó subir de nuevo pero la escalera sólo bajaba. Se negó a descender; el edificio nunca tuvo sótano ni garaje.

sábado, 5 de mayo de 2012

LA PEDRADA (RELATrO)


Introducción:

Defino este género como RELATrO, entendiendo como tal, un relato que puede ser representado. En realidad no se trata de nada nuevo sino de plagiar en parte a autores que ya desarrollaron esta idea aunque añadiendo texto que se hace prescindible a la hora de ponerlo en escena y por tanto convirtiéndolo en un relato sin más. En este sentido, se intenta que incluya una buena dosis de humor, diálogos absurdos, teñido de surrealismo pero con un trasfondo, en ocasiones, que pretende cierta trascendencia. Las influencias están claras: Los entremeses, los sainetes, el teatro del absurdo de Alfred Jarry, Eugene Ioneso y Jean Genet entre otros dramaturgos e incluso en mis primeras lecturas de revistas de humor como La Codorniz donde grandes autores del humor absurdo, como Miguel Mihura, dieron forma en España a este género.

La escena se desarrolla en una calle con viviendas de una o dos plantas, de ladrillo visto, tipo inglés, donde se respira un ambiente muy burgués. Un acerado con arboles y plantas conforman el entorno y unas ventanas con macetas cuadradas provistas de pequeñas flores, dan al entorno un aire colorista, de paz y tranquilidad. Se escucha un ruido fuerte y seco y en escena se ve una ventana de una primera planta, no muy elevada respecto a la calle, en la que ha impactado un objeto.

ESCENA I (y única)

El impacto sonó como el certero disparo de un francotirador: seco, distante pero cercano al mismo tiempo, produciendo una marejada en el océano de tranquilidad que se respiraba en el comedor.

El objeto, una piedra, había acabado su trayectoria en el cristal de la ventana, sin fracturarla del todo, dibujando en ella una especie de tela de araña con fisuras que desde el centro se desplazaban dando lugar a formas caprichosas, como ríos que, desorientados, buscaran un sitio donde desaguar.

La mujer, que estaba leyendo sentada en un butacón, una vez recuperada del susto, abrió con cuidado el armazón de madera que enmarcaba la ventana fijándolo en sus armellas y se asomó hacia el exterior. En el alfeizar, entre dos macetas cuadradas de flores, descansaba el responsable del golpe, un pedrusco que milagrosamente quedó como mudo testigo sin caer a la calle.

Un hombre, desde la acera, con otra piedra en la mano, miraba hacia arriba, encontrándose ambas miradas en tierra de nadie.

(La mujer inicia el diálogo)

-¡Oiga! ¿Ha sido usted el que …

-¡Sí, perdone, pero me he equivocado de ventana!

-¿Cómo? ¿qué me está usted diciendo?

-Lo que oye señora, que me he equivocado de ventana.

-Pero… ¡como se atreve encima a decir tamaña estupidez!

-Señora, le vuelvo a repetir que ha sido un error y le ruego que me disculpe y ahora retírese que voy a proceder a arrojar la piedra hacia la ventana correcta.

-¡Voy a llamar a la policía ahora mismo!

-Vamos a ver señora. Sea usted sensata y no se deje llevar por la primera impresión que obnubile su mente. Parece usted razonable y desde donde me encuentro hasta diría que parece usted muy atractiva. Ha sido un error y lo que no puedo es estar pidiendo disculpas toda la mañana.

-¡Voy a llamar a la policía, le reitero! Pero no quiero quedarme sin saber el motivo por el que usted se dedica a tirar piedras a las ventanas.

- ¡Ah, la curiosidad femenina! No generalice, por favor. No me dedico a dar pedradas a tontas y a locas. Me he equivocado y reconozco mi error. La Biblia está llena de errores y perdones. Grandes hombres han pedido disculpas por su proceder: políticos, banqueros, artistas en fin, personas a los que no les ha costado trabajo reconocer que no han dado el paso correcto. Porque siempre hay tiempo para retroceder y rectificar.

-¡No ha contestado usted a mi pregunta concreta!, ¡déjese ya de circunloquios y de dar lecciones de ética, ¡no soporto a los que retuercen la dialéctica hasta dejarla hecha un nudo de palabras sin sentido!

-Señora, tampoco usted se desenvuelve mal con el lenguaje. Veo que he dado con alguien que no sólo es un amasijo de órganos que se desplaza sin orden ni concierto. En cuanto a su pregunta, permítame ocultarle la causa que me ha traído hasta aquí, quizás en contra de mis ideas y venciendo mis convicciones más resistentes al deterioro. Le repito que lo que realmente importa en este caso es el reconocimiento por mi parte de un error que siento de verdad y por ello no se me caen prendas en pedir su benevolencia las veces que haga falta. Mil perdones y mil disculpas. He pecado quizás de ligero. He acudido demasiado temprano y esta bruma que ahora se disipa, ha podido ser la causante de mi equivocación. Bueno, señora, siento tener que terminar esta agradable conversación pero enciérrese en su casa que voy a arrojar la piedra a la otra ventana.

-¿Qué otra ventana?

-¡Esa justo al lado de la suya! La que tiene un visillo floreado.

-Pero…está usted loco de remate. Esa ventana también es mía ¿A qué viene eso?

-Señora, eso cambia las cosas. Entonces creo que el error está en usted y es usted quien se ha equivocado de ventana. ¡Guarde cuidado que voy a tirar la piedra!

-Lo suyo es locura de camisa de fuerza. ¡Ahora mismo llamo a la policía!

-Piénselo bien antes, señora. Deberá usted justificar el por qué no se encuentra en su ventana. La acosarán a preguntas. Eso si no la acosan de otro modo. Conozco a un policía que cada vez que una chica guapa acude a denunciar.....

-¡Cállese y váyase por favor! Si se marcha le prometo olvidarme de la policía y consideraré zanjado este asunto pero, por favor, no gastemos más tiempo en disquisiciones estúpidas.

-Estúpidas serán para usted, señora. Yo las creo útiles para personas educadas como somos los dos. Sin diálogo no es posible la convivencia y sin convivencia el diálogo se convierte en auténticas pedradas a la inteligencia.

-¡Ha dado usted en el clavo- bueno o mejor dicho en la ventana, ¡eso! una auténtica pedrada como la que ha cuarteado el cristal de mi ventana! Por cierto: ¿Quién paga el destrozo?

-No pretenderá usted señora que, sin juzgarme, sin tener la mínima oportunidad de defenderme, me condene usted por un error que yo catalogaría de infantil. Mis disculpas deberían bastar por sí solas para obtener de usted un perdón que me ayudaría a reconsiderar lo que pienso sobre su proceder.

-¡Cómo que lo que piensa! Si resulta que ahora, encima, voy a ser yo culpable de la rotura del cristal.

-No directamente, señora, pero sí que es en cierta manera corresponsable en cuanto a que no deja resquicio a que la gente se equivoque. Un error no se paga con otro error.

-Eso, eso, pagar, pagar…porque un cristal de estos, de este espesor, cuesta un riñón.

-Señora, ¿Cómo se le ocurre blindar la casa con estos cristales tan caros? En mi modesto entender el hogar debe estar protegido lo justo. Estamos inmersos en una sociedad neurótica. Esperando ataques que no vienen de ningún lado; cerrando puertas y ventanas con los más variados sistemas; con alarmas conectadas, vallas electrificadas etc… Debemos recuperar la sociedad tribal, confiada, solidaria…

-¡Cállese por favor! Voy a cerrar la ventana y me voy a olvidar de todo. ¡Ah y no se le ocurra apedrear el cristal de al lado que, como le he dicho, es de mi propiedad!

-Señora creo que no me ha entendido. Mi error se compensa con el suyo. He roto, bueno no roto del todo sino solo magullado, la ventana que creía la correcta y usted ahora me viene diciendo que la ventana suya es la de al lado. ¡Escóndase que voy a tirar la piedra!

-El hombre eleva el brazo y hace ademán de arrojar la piedra.

-Voy a bajar y le juro que le daré con el paraguas hasta que le salgan los sesos por las orejas.

-Señora, por Dios, no esperaba esta reacción tan violenta, muy lejos de la sensatez y elegancia con la que usted, hasta ahora, ha conducido este asunto.

-Lo he pensado mejor. Voy a telefonear a mi marido…bueno no, a mi hermano y ya verá usted lo que es bueno.

-La he oído dudar. ¿No será que carece de marido? Hay mujeres que llegada una cierta edad se avergüenzan de no estar casadas. Aunque yo desde aquí aún la veo joven, puede que sea su caso. No debe preocuparse, hoy día, afortunadamente, esta circunstancia ha dejado de tener una especial relevancia

-Además de un gamberro y digo más, de un terrorista, es usted un insolente.

-Pare, pare señora. Le admito lo de gamberro e incluso lo de terrorista…pero lo de insolente. Nadie me había llamado así antes. La insolencia no entra entre mis defectos. Precisamente nunca me inmiscuyo en la vida de otra persona como usted está haciendo en la mía. Si me lo permite, es usted la que acompaña con unos gramos de insolencia el plato de sus palabras.

-Pues añado que, además, es usted un cursi redomado. ¡El plato de mis palabras! Jamás oí una tontería igual.

-Me está usted haciendo perder demasiado tiempo. Haga el favor de entrar en su casa y demuéstreme que la ventana de al lado es suya. Si no la veo asomada en unos segundos, procederé a lapidar el cristal.

-No le aguanto más. Es usted odioso. Voy a gritar hasta que todo el vecindario compruebe que un loco anda suelto.

-Ni se le ocurra. Nos han visto charlar amigablemente durante un buen rato y creo que nadie llegue a pensar que nuestra relación sea tormentosa. En realidad me estoy comportando como un juglar que arroja versos a su amada asomada en su castillo.

-Versos no sé pero piedra ya ha arrojado una y me ha roto el cristal. ¡Lárguese ya y no vuelva!


Final: La señora al cerrar de golpe la ventana, el cristal se desmorona quedando su cara en el marco como un cuadro. Se oye el impacto de una pedrada en el cristal de la ventana de al lado. Suena un tema de Pink Floyd de fondo.

miércoles, 2 de mayo de 2012

La Agencia


Su falda huía de las rodillas en cada paso que daba intentando esquivar los huecos entre adoquines que convertían la bocacalle en un viejo con mellas.
Sus caderas, obligadas, oscilaban de una manera algo obscena. Dio un último saltito hacia el acerado salvando un charco de agua pútrida que se negaba a abandonar el empedrado por los sumideros. La sirena de una ambulancia a lo lejos pespunteó el silencio del callejón. La mujer se detuvo delante del portal nº 4 que daba entrada a un edificio de cinco plantas, que, aunque en fase cercana a la ruina, aún conservaba el empaque que conoció cuando fue construido en su día, probablemente para familias de clase media-alta a principios del siglo XX. Unos timbres anticuados, de los que partía un trenzado y no menos vetusto cableado, presumían conectar con las respectivas viviendas pero debajo de cada uno de ellos sólo constaba el número de planta y una letra – se suponían dos pisos por planta – sin ningún otro dato orientativo. 


Un hombre de aspecto serio, con espeso bigote e incipientes canas, salía en ese momento llevando un portafolio marrón.

La mujer se dirigió a él, preguntando:

- Por favor, ¿la Agencia?

El hombre se atusó el bigote y reparó con un vistazo poco disimulado en el escote de la mujer, aprovechando que el primer botón parecía estratégicamente huido del ojal.

- Última planta. Piso 5º B. Vengo de allí. ¡Suerte! Y simulando prisa, desapareció rápidamente por la esquina.

Sobre la puerta del ascensor un letrero casi ilegible rezaba “fuera de servicio”. Podría interpretarse que lo que estaba fuera de servicio era el letrero por lo mugriento, pero no, el ascensor, lleno de telarañas, daba la impresión de haber realizado su último viaje nada más terminarse el edificio. La mujer comenzó a subir la escalera no sin cierta dificultad debido a unos altos tacones que se trababan de vez en cuando en los peldaños e, incluso a pesar de su relativa juventud, no aparentaba más de 40 años, necesitó detenerse para tomar aire en los descansillos a partir del tercer piso. En el momento justo de alargar la mano para llamar – observó que no había timbre sino una aldaba de hierro mal forjado – la puerta se abrió y un hombre maduro, rayano en la vejez y elegantemente vestido, le extendió el brazo ofreciéndole la mano.

- Bienvenida señora. Señora Claudia Guzmán, supongo. ¡Pase! La esperábamos.

-Señorita…por ahora, si no le importa. Gracias. Tengo prisa y necesito que este asunto quede zanjado cuanto antes. Usted debe ser….

- Efectivamente, señorita Guzmán. Soy yo. Nos encargaron su caso y con mucho gusto la Agencia se aviene a sus instrucciones. Nosotros, en justa reciprocidad, como usted ya sabrá, exigimos también algunas contraprestaciones. No la defraudaremos. Sólo queremos tener carta libre y que no trascienda más allá de los límites impuestos por ambos lados.

- Por descontado. Tienen todo el campo que necesiten. Sólo quisiera estar segura de que se cumplirá a rajatabla el trabajo encomendado con la debida celeridad y confidencialidad.

- Señorita Guzmán, supongo que ha traído usted el objeto. Perdone pero veo que viene con sus manos desnudas y…

- Supone bien, señor…agente, ¿me permite referirme a usted de este modo? El objeto tiene el tamaño adecuado para que pueda llevarlo yo encima sin levantar ningun recelo.

- Llámeme así si le resulta más cómodo, señora, perdón, señorita. ¿Puedo verlo? Me gustaría, ante que nada, apreciar la belleza y el valor que, según nuestras referencias, se dice que posee. El valor sentimental, por supuesto, se me escapa de las manos, aunque interpreto que para usted es muy superior al valor material.

- Veo que conoce usted su trabajo. Interpreta bien mis sentimientos. Pero los caballos no siempre obedecen a las riendas. Debo proceder según mis instintos. La razón hace tiempo que la vendí al mejor postor.

Claudia se desabotonó por completo la blusa dejando al pairo unos pechos que desbordaron su espacio natural, sin trazas de haber estado prisioneros de sujetador alguno, al menos recientemente. Debajo del pecho izquierdo, colgaba una bolsita de satén sujeta con un esparadrapo.

- Puede cogerlo usted mismo.

El llamado Agente adelantó con cierto reparo una mano hacia la bolsita, rozando sus nudillos la piel del pecho, y tras un ligero tirón se hizo con ella.

- Disculpe, es la primera vez que me ocurre esta circunstancia. Normalmente el objeto suele venir de la mano del cliente, más o menos oculto pero…así…de este modo…

- Ya veo. Entiendo que se sorprenda. Acabo de cruzarme con otro cliente y la verdad, sí, portaba un maletín. Pero temía parecer sospechosa con algo en la mano y un bolso o un portafolio siempre puede ser objeto de robo, sobre todo en estos parajes donde no se ve un alma.

Del interior de la vivienda surgió la voz femenina, algo varonil por su ronquera de fumadora

  • ¡Jordi! ¿Vienes o no?

  • Espera Julia, estoy atendiendo a una portadora.

Una mujer joven aunque de aspecto avejentado, muy delgada, casi esquelética, con un cigarrillo en la boca y vestida sucintamente con unas bermudas y un sujetador, asomó por una de las puertas que daba al vestíbulo donde se desarrollaba la conversación.

  • Perdone – dijo el agente dirigiéndose a Claudia, que rápidamente se abotonó la blusa –

  • ¡Julia, échale un vistazo! - y arrojó la bolsita hacia la mujer que la vació en su mano.

  • ¡Jordi, perfecto! ¡Todo en regla!

  • ¿Cree usted que el plan saldrá conforme a lo previsto? – se atrevió a decir Claudia -

  • No le quepa a usted la menor duda, señorita Guzmán. Nunca hemos fallado.

  • Entonces...,señor Agente, no tengo más que decir. Debo marcharme. Por cierto… ¿cuándo empezaré a ver los resultados?

  • Antes de que usted lo piense. Es más que probable que antes que usted abandone este edificio.

Claudia bajó las escaleras con la misma inseguridad que las subió y cuando iba por el segundo piso sonó su móvil.

  • ¡Claudia! …¡Por fín! ¡todo resuelto! - Al otro lado una voz femenina, temblorosa, se expresaba entre la sorpresa y la alegría.

  • ¿Cuándo ha sucedido?

- Pues, ahora mismo, hace apenas unos minutos. Tengo delante a una mujer que dice conocerte. Se llama Julia.

- ¡Ah, sí! Coincidimos no hace mucho. Voy para allá

Salía a la calle en el momento que un muchacho mal encarado, con vaqueros y aspecto descuidado la abordó en el portal, preguntándole:

-¡Oye, tú! ¿Sabes si está por aquí la Agencia?




Notas sobre la elaboración del relato:


Este relato es fruto de la tarea propuesta por nuestra profesora de taller literario  que nos exigía que en una gran parte fuera dialogado y que al menos interviniera una mujer como protagonista.

No es fácil, ni para mí como autor, dar una interpretación del mismo. A medida que lo escribía me daba cuenta que para mí era más importante el propio diálogo que se nos proponía como ejercicio, que la trama en sí misma. Así, fue transcurriendo el relato y no distinguía bien hacia donde caminaba, hasta hacerse totalmente independiente. Como única explicación, se me ocurre que siempre me he sentido atraído por temas de tinte surrealista o del absurdo, en los que no necesariamente tengan que poseer un  por qué ni un final lógico. A posteriori y releyendo el texto  puede que quisiera plasmar un pacto de la protagonista con el diablo  (¿Señor Agente?) pero no estoy seguro de ello.





miércoles, 18 de abril de 2012

Voltios


En su desesperación por un desempleo que le asfixiaba, subió a una torre de alta tensión con una pancarta reivindicativa y algunas viandas. Al principio despertó la curiosidad de algunas personas que se acercaron solidariamente pero pronto se olvidaron de él. Incluso las autoridades no tomaron en serio esta protesta y se limitaron a recriminarle desde abajo su actitud, amenazándole con una fuerte multa e incluso con algo más contundente, como la cárcel.
 Ante la indiferencia que su acción propiciaba, optó por el suicidio asiéndose con ambas manos a los cables que partían de la torreta  pero soportó los más de 20.000 voltios que pasaron por él como si tal cosa. Un empleado de mantenimiento de la línea eléctrica que lo observaba dio cuenta del hecho y hoy día el “suicida” trabaja en Endesa como conductor eléctrico de emergencia con un elevado sueldo.

Derrota


Le habían expulsado de todos los colegios. Nunca se sintió comprendido por sus educadores. Bebió como pudo de los charcos de cultura que encontraba en la calle y que le dejaron posos de conocimiento. Pretendió ser tolerante pero la tolerancia le dio la espalda. Contó las cicatrices y no le salían las cuentas. No recordaba haber luchado en tantas batallas. Quizás la principal herida era él mismo y puede que ya naciera marcado. La noche le sorprendió en una ventana contemplando su propia derrota.

lunes, 16 de abril de 2012

Amor se escribe sin hache




Amor se escribe sin hache...

Como los ojos que escancian tu mirada
Como el aire que busca refugio en tu falda
Como once pares de besos
Como el abanico de tu risa
Como el umbral de mi esperanza
Como el aroma del olíbano
Como la espiga impúber
Como un ejército de ocas amarillas
Como enero, abril y agosto
Como el adiós de los años
Como el águila y el azor,
Como el álamo y el abedul
Como el anillo de un ángel del Olimpo
Como el enebro y la escarcha
Como tu escote y tu espalda
Como el oboe y el olifante
Como el abrazo de un arlequín enamorado
Como el aloque, la almendra y el ombú
Como el enroque de tu cintura
Como los arpegios de un aleluya
Como la oscura África
Como Europa encendida...

Como Anagrama de ROMA, AMOR...

...Amor se escribe sin hache.

lunes, 9 de abril de 2012

Sevilla o siempre nos quedará la feria



Se evaporó la Semana Santa entre aguas inoportunas y algunas lágrimas que engordaron el Guadalquivir a su paso por la Torre del Oro. A rey muerto, rey puesto. Las mujeres corren hacia armarios y trasteros para rescatar sus trajes de flamenca de las garras del polvo y el olvido. Incluso más de una rompe esa hucha que, a fuerzas de digerir moneditas, ha colgado el cartel de completo, recuperando el dinero celosamente ahorrado y se dirige rauda y veloz hacia la tienda más cercana para hacerse con un modelo nuevo con el que romper la mañana, la tarde y la noche en la feria de Abril.

La joven sevillana se asoma al escaparate y se reconoce enseguida. Ese traje viste más en su desnudez que en su envoltura. Ya se imagina con él de regreso de esa vorágine que es el albero ferial, con alguna copita de más, cansada pero con ganas de rematar la noche. Él sólo tiene que remedar a un león hambriento y atacar con amorosa fiereza el cuello de su "victima" dejando caer la parte del vestido que deja al descubierto esa parte golosa que servirá de aperitivo para una postrera cena (o desayuno,¡vete tú a saber a qué hora es el regreso!) y una vez ambos saciados, dormir lo imprescindible para volver a las fértiles praderas donde las casetas de feria sólo son mudos testigos de amores y desamores, de encuentros y desencuentros...de la vida, en definitiva.

Foto de Groucho the Tracker, o sea, mía  (Escaparate de la tienda Rocío Trastallino en la calle Castilla - Triana (Sevilla) mientras componían uno de los maniquíes)