sábado, 4 de agosto de 2012

RPE / M (El documento)

El recién nacido, un varón, presentaba un aspecto saludable y lustroso. Su madre lo acunaba contra su pecho y el padre miraba a ambos con una emoción contenida. La enfermera entró en la habitación y dirigiéndose al niño lo tomó en sus brazos, diciendo:

-Como sabéis, es preceptivo el estudio RPE / M. Debo llevarme a la criatura unos minutos para la extracción de sangre y demás pruebas pertinentes.

-Por supuesto, respondió el padre.

-¿Cuando sabremos si...? Replicó la madre fijando sus ojos en los de la enfermera.

-No os preocupéis. Nuestro equipo humano es de lo más eficiente y el material tecnológico del que dispone este hospital es de última generación. En menos de media hora podremos informar de los resultados.

Tanto el padre como la madre mantuvieron un prolongado silencio que se rompía de vez en cuando con suspiros y carraspeos. Si acaso, intercalaban algún que otro comentario sobre las diversas posibilidades con las que se jugaban gran parte de su futuro y el de su hijo.

El Dr. Martin L. Pardeza pertenecía al Servicio de Docugenética del Hospital Magenta y era el encargado de atender personalmente e informar a los familiares de los recién nacidos sobre los hallazgos encontrados en el estudio de Riesgo Porcentual de Enfermedad y Muerte , o sea, RPE-M, pronunciado "errepen", nombre coloquial con el que se conocía el documento oficial. Con su bata amarilla, el color que distinguía a los miembros del Servicio de Docugenética, entró en la habitación junto a la enfermera que empujaba con mimo la pequeña cuna en la que el niño dormía plácidamente.

La madre con sus ojos como ventanas y con un poso de indisimulada ansiedad, esperaba las noticias que el Dr. Martín traía consigo. En su mano derecha, el doctor portaba, apoyada sobre su antebrazo, una delgada pantalla que emitía una serie de puntitos luminosos que se iban convirtiendo en cifras y datos a una gran velocidad. Por unos segundos, sin ponerse de acuerdo, todos aguantaron la respiración.

-¡Veamos! rompió el hielo el Dr. Martín. Podemos decir que el resultado global del estudio RPE-M es bastante halagüeño. Por debajo del 1% se encuentran las principales enfermedades graves que afectan a la primera y segunda infancia. A 0,4 % baja este indicador en la adolescencia y entre un 2% - 3% para la edad adulta, es decir hasta los 70 años y manteniéndose este porcentaje hasta...

-Pero, doctor, interrumpió  el padre ¿Y el índice de E + PCM?  elevando algo el tono de voz al hacer la pregunta.

-Pues...como iba diciendo...según todos los demás indicadores y siempre con el factor de corrección de 0,0111, su hijo debe, perdón, es más que probable que fallezca a los 92 años de un accidente vasculo-cerebral agudo y es de suponer que sin sufrimiento apreciable. Todo ello, como es lógico, obviando los descubrimientos científicos que puedan desarrollarse en un futuro y que puedan retrasar dicha Edad y Posible Causa de Muerte o sea el indicador E + PCM.

El Dr. Martín tomó algo de aliento y continuó:

-Ni que decir tiene que todos estos indicadores predictivos pueden desviarse de manera notable en el caso de alguna circunstancia traumática que conduzca hacia una muerte violenta, voluntaria o involuntaria o enfermedades desconocidas hasta ahora en nuestro entorno.

Los padres se abrazaron y formaron una piña en torno a su hijo, respirando aliviados.

-¡92 años! ¡Y sin sufrimiento! Dijeron casi al unísono. Nosotros no lo veremos pero podremos vivir y morir tranquilos ante esa perspectiva.

-¡Teníamos tanto miedo! Exclamó el padre. Sobre todo conociendo mi carga genética tan negativa.

El padre se disculpó antes de ausentarse e dirigirse hacia la cafetería a tomar algo. Necesitaba permanecer algún tiempo solo para ahogar su contenida tensión nerviosa.

El doctor se despidió amablemente dando la enhorabuena. Solos quedaron en la habitación la madre y la enfermera. Ésta, tras un leve resoplido, preguntó en voz baja:

-Un último detalle, señora ¿desea conocer el IPS?  es decir el Indicador de Paternidad Segura. No es obligatorio y puede usted obviarlo.

La madre dudó un momento pero enseguida encadenó la pregunta con un

-...Sí...bueno. Simple curiosidad, añadió.

La enfermera sacó una hojita del bolsillo y dijo:

-Intuyo que usted ya lo sospechaba pero puesto que ha dado su autorización le confirmo que el hijo no es de su marido. Por favor, firme aquí. ¿Desea que él conozca esta circunstancia? Como sabe, no está tampoco obligada a ello, según la legislación vigente.

-...No, no lo deseo...¡déjelo! ¡quiero tanto a mi marido!. Sólo pretendía conseguir un buen material genético para nuestro hijo y creo que lo he...hemos conseguido.

La enfermera cerró la puerta. La madre besó en la mejilla a su hijo que empezaba a lloriquear y dirigiéndose a uno de sus pequeños oídos, musitó:

-¡No llores cariño! ¡Ahora viene papá!

viernes, 13 de julio de 2012

El violinista


El violinista no perdía de vista la primera fila de butacas en la que ella,   su ansiada deriva amorosa, acababa de tomar asiento. Lucía deslumbrante con ese vestido de raso ceñido que permitía palpar con la mirada su interior. Deseaba con todas sus fuerzas llamar su atención pero resultaba practicamente imposible hacerse notar entre tantos instrumentos que conformaban la orquesta. Aún así, esa noche siguió como nunca y nota a nota, las instrucciones del director, con la viva esperanza de que en algún momento se apercibiera que tocaba “sólo para ella”. 


Su esfuerzo no se vió recompensado y preso de una locura pasajera e indomable, lanzó el violín al aire gritando: ¡Te quiero! En ese preciso momento, la violinista que estaba a su lado, arrojó el violín hacia el suelo y abrazándole, contestó con una voz que rompió el escenario: ¡Yo tambien te quiero!

miércoles, 4 de julio de 2012

Casilda

Nadie en el pueblo conocía el motivo y mucho menos por qué escogió esa promesa. Casilda pasaba todas las tardes en la puerta de su casa haciendo crochet, tira a tira, sin orden ni concierto. La gente la animaba a trabajar por encargo y a vender el producto de su trabajo. Pero ella se negaba en redondo, argumentando que se trataba de una promesa y seguía tejiendo hasta hacer sangrar sus dedos, tiñendo de rojo su anárquico tejido. Así transcurrió la mayor parte de su vida y cuando murió, con 90 años, hubo necesidad de recurrir a los bomberos los cuales se vieron obligados a desalojar la vivienda abarrotada de cintas y más cintas de ganchillo.
En su entierro, unas manos piadosas arrojaron a la fosa sus agujas de coser  que sonaron como flechas en la tapa del ataúd y dicen que se oyó la mortecina voz de Casilda diciendo ¡gracias!

lunes, 2 de julio de 2012

Déjà vu

Vivaqueaba en la inmensidad de la salita de estar. Un vendaval, en forma de suave brisa, barría los resquicios de la ventana provocando un tsunami en la cortina que se mecía superando sus límites naturales. Tronó una de las silla agitada por el lomo del gato que buscaba consuelo donde sus patas no alcanzaban. Una catarata de whisky  se deslizó por las paredes del vaso de cristal tallado solidarizándose con los pequeños icebergs de hielo. Pulsó el timbre de su ordenador y el monitor le contestó con un relámpago. Ateridos de emoción, sus dedos atacaron el teclado, escribiendo:
" Vivaqueaba en la inmensidad de la salita de...."

jueves, 7 de junio de 2012

Más allá de Dios

(Se trata de un nuevo ejercicio para el taller literario. En esta ocasión había que realizar algún "salto" bien espacial, temporal o de nivel de realidad)



Al ver sus apellidos esculpidos en el mármol, una descarga fría recorrió su cuerpo hasta desaparecer, como un rayo, por los dedos de sus pies. La lápida estaba descuidada, abandonada a su suerte y una sucia pátina de verdín cubría gran parte de ella, dibujando una macabra mesa de billar. Incluso la cruz parecía cansada de permanecer de pie, como testigo de un hogar donde el único movimiento era el silencio.

Hacía unos quince años que su hermano Abel había muerto y la última vez que estuvo a su lado, yacía en la morgue después del fatal accidente que acabó en 1975 con su vida. Su entierro fue desolador, como los últimos años de su existencia y sólo él, su único hermano y dos amigos, quizás sólo compañeros de soledad, acompañaron al féretro hasta el cementerio. No había vuelto desde entonces y aunque no estaba seguro de que esa decisión fuera la acertada, un impulso interior le condujo hacia esa cita. Era probable que , en su subconsciente, sólo deseara asegurarse de que su hermano seguía bajo tierra.

Gorka dejó las flores que portaba en el suelo y leyó con atención el epitafio que encargó su hermano poco antes de morir: “Mas allá de Dios alguien llorará mi ausencia”.

Se levantó una suave brisa a la que siguió un silbido cortante que penetró en su cabeza, obligándole a taparse los oídos con las manos. Le incomodaron unas voces interiores que intentó poner en orden.

-¿Qué haces aquí, Gorka? ¡tanto tiempo sin venir y ahora te plantas de pie ante mi cuerpo inerte! No puedo verte porque los ojos de los muertos se convierten en agujeros negros que se pierden en la noche, pero debes saber que oímos el pensamiento. Percibo tus remordimientos e intuyo tu sangre correr a saltos impulsada por un corazón de piedra, más duro que la losa que me cubre.

Los únicos recuerdos agradables que les unían a Abel fueron aquellos lejanos años infantiles en los que ambos convivieron felices en el “El Grullo”, a pesar de una guerra civil que sirvió de dramático escenario a sus juegos. Sus padres, campesinos y guardeses del caserío, propiedad de la aristocrática familia Chacón Iturralde, hicieron todo lo que su situación les permitió para que los dos hermanos se labraran un porvenir lejos de las penurias del campo en la posguerra. Sobre todo su padre, Celedonio, quien ocultaba como podía sus tendencias anarquistas en un periodo donde era más fácil morir apoyado sobre una tapia que de enfermedad.

Una ráfaga de aire meció de este a oeste el cabello de Gorka.

-¿Qué haces aquí, Gorka? ¿no tienes nada que decirme?

En plena adolescencia, ambos recalaron en la ciudad y con esfuerzo y, por qué no decirlo, con la ayuda de Don Gustavo Chacón que les facilitó la llave de algunas puertas, se abrieron camino entre la hambrienta maraña capitalina. El destino escogió pronto polos opuestos. Andrés, con 18 años, dos mayor que Gorka, entró como dependiente en una tienda de confección y con su exiguo sueldo consiguió a duras penas adecuar su vida al difícil entramado de la posguerra. Gorka, enseguida se introdujo en círculos falangistas y en el mundo del estraperlo, haciéndose rápidamente de dinero e influencia política.
Año a año, el discurrir de ambas vidas fue divergiendo hasta que la distancia social y económica borraron aquel grato pasado común.

Ella entró una mañana en la tienda y sus miradas se fundieron entre piezas de tela. Abel, que siempre había negado el amor a primera vista, se enamoró como un loco. Una cita, unos paseos por la Alameda, una declaración de amor y algunos besos furtivos. Se casaron, él con veintisiete años y ella apenas recién cumplidos los veinte, viviendo modestamente, con estrecheces pero felices, en un sencillo piso de renta situado en una de las nuevas barriadas surgidas en el extrarradio.
La brisa fue acelerando hasta generar una ventolera que sacudió las hojas secas del suelo y las flores que adornaban las tumbas vecinas. Gorka apretó con fuerza las palmas de sus manos sobre los oídos.

-¿De verdad la querías, Gorka? No te niego que fueras mejor amante que yo pero...¿de verdad la querías?

Gorka, dando la espalda a la sepultura, encendió un cigarrillo y susurrando, fue desgranando las frases que nunca escaparon de su boca en vida de Abel.

-Nunca estuve enamorado de ella, Abel. Ahora te lo confieso. Sólo pretendí ahogar tu felicidad que tanto me incomodaba. Esa felicidad que necesita sólo un hogar, alguien que te quiera, una familia, en resumen, poca cosa. Tú no tenías nada y yo todo. ¿Sabes acaso lo que eso? ¿Sabes lo que significa que te quieran por lo que tienes? ¡Qué vas a saberlo! Me costó trabajo requerir su atención pero al final lo conseguí. Ella tuvo muchas dudas pero jugué mis cartas con mi parecido físico contigo y comprando su amor día a día con atenciones a las que tú o no podías o no las tenía acostumbrada.

El aire cambió de dirección soplando con violencia y desplazando el ramo de flores que había dejado en el suelo.

-Si no fuera por esta humedad que me cala los pocos huesos que me quedan, te diría, Gorka, que aquí, en esta fosa, no se “vive” o mejor dicho, no se “muere” mal.

Gorka estranguló sus oídos con sendos dedos intentando amortiguar el desagradable eco sibilante que le traspasaba de sien a sien.

-Dime Gorka, ahora que mis músculos hace tiempo que se evaporaron: El niño que ella perdió ¿era tuyo?

Gorka, golpeó con un pie el suelo y se limpió el sudor que acababa de aparecer por su frente. La corriente de aire aparecía y desaparecía como si escribiera en Morse.

-Abel, ahora que el sufrimiento te es ajeno, debo confesarte una cosa: El niño que ella perdió en aquel embarazo sorpresivo, era mío. La obligué a abortar. Nada me hubiera jodido más que yo pusiera la semilla y tu la felicidad de ser padre.

Las ráfagas de viento cuarteaban con grietas invisibles el cementerio. Gorka movía su cabeza de un lado hacia otro buscando una estabilidad que se le escapaba.

-¿Quien me devolverá los años que tú me robaste, Gorka? Esos años durmiendo bajo las estrellas, con más alcohol que sangre y masticando mendrugos de pan que algunas almas caritativas me arrojaban como a un perro.

-Siempre fuiste un cobarde, Abel. Hasta tu muerte fue una cobardía. Necesitaste que el río hiciera su trabajo. No resististe la vida y todo por una mujer que nunca dejó de quererte.

-¿A qué has venido Gorka?

-Ahora te he oído bien, Abel, sin necesidad que el aire me inyecte tus palabras. Vine a pedirte perdón, pero veo que tú aún no has olvidado.

Gorka se inclinó, cogió las flores del suelo y las depositó sobre la lápida blanca y limpia que justo se ubicaba al lado de la sepultura de Abel y donde, en el mármol herido por el cincel, podía leerse:

Adela Pérez Machado (1937-1975)

Una estallido de calma inundó el cementerio.

martes, 22 de mayo de 2012

La Piráfula (sainete absurdo)


Primer plano de la fachada de una escuela y de un letrero encima de la puerta de entrada donde puede leerse:”Escuela para niños casi superdotados”. En el aula, el profesor, Don Arturo, que viste una chaqueta marrón pasada de moda con algunas manchas de pringue en la manga y en la solapa, carraspea y pide silencio. En la clase, se sientan unos doce alumnos, entre niños y niñas, de edades comprendidas entre 13 y 15 años. De fondo se oye ruido de aviones, dando la impresión de que la escuela se encuentra próxima a un aeropuerto.

El profesor:

-Hoy hablaremos de la piráfula. ¿Alguien puede decirme algo sobre su significado?

Tras un momento de silencio, un niño, al fondo de la clase, levanta la mano

-¡Vamos a ver, Pedro! ¿Qué puede usted comentar al respecto?

-Bueno, Don Arturo, la verdad es que mis padres, bueno, más mi madre, siempre me recordaron que, bueno, la piráfula está dentro de nosotros como un órgano más.

-Sí, sí, como metáfora vale…pero… ¿podría usted describirla con más detalle?

-No, no podría.

-¿Algún otro ser vivo puede añadir alguna pista que nos guíe por la procelosa senda del conocimiento?

Una niña se levanta tímidamente y dice con voz meliflua:

-Don Arturo, la piráfula, a mi modesto entender, entraría a formar parte de las…

(Sin dejarla acabar)

-¡No, no y no! ¡La piráfula, es suficientemente independiente y no necesita que se la encaje, encuadre, enmarque o lo que se os ocurra, en cajón de sastre o esquema alguno!

-¡Yo he dibujado una piráfula! Dice en voz alta Calleja, un niño con gafas de pasta gruesa.

-A ver, a ver – se muestra interesado el profesor y echa un vistazo al papel que le presenta el niño.

-¡Válgame Dios, Calleja! ¡Cómo se le ocurre! La piráfula no puede representarse de ese modo ni por asomo. Ande, ande, rompa ese papel y no comente con nadie lo que ha hecho. Por nuestra parte no saldrá de aquí este disparate.

-¡Reviego! ¿Que puede usted aportar acerca de la piráfula?

-Yo...yo...pues...si me lo permite, Don Arturo, creo que como manifestación extrínseca de la pubertad podría…
(De nuevo interrumpe Don Arturo)

-¡Ya estamos! ¡Extrínseca! y... ¿por qué no intrínseca? ¡Pubertad! ¡En que estará usted pensando Reviego! ¡¡Si le oyera su padre! Déjese de buscar tres pies al gato. La piráfula ni es extrínseca -se acerca al oído del niño y susurra en voz baja: ni siquiera, escúcheme bien Reviego, es una manifestación– subiendo el tono de voz: ni la pubertad tiene una influencia destacable en su identidad.

-Don Arturo, ahora que he oído la palabra padre, me viene a la memoria que el mío me dio esta mañana este sobre para usted (otro niño le alarga un sobre que el profesor abre con curiosidad)

-¡Hombre! ¡Dos entrada para los toros! ¡Y en barrera! ¡Dé usted las gracias a Don Guindo Yagüe, su padre de usted! Y ya que estamos en relajada conversación ¿que puede decirme, Alfonsito Yagüe, de la piráfula?

-¡Don Arturo! ¡Se supone que la acción de darle este sobre me eximiría de una pregunta que implicara un aprieto para mi persona!

-¡Tiene usted razón, Yagüe junior! Pasemos a Bernardo que lo veo muy callado y circunspecto allí en la esquina.

-¡Qué! ¿Algo que añadir sobre la piráfula?

-¡Ay Don Arturo, no tengo mas que palabras de agradecimiento para usted! Yo aquí, esperando que usted se dirija a mí y por fin me llega este sublime momento Mi madre me dice que debo darme a valer...pero esta timidez me mata. Creo que no seré capaz nunca de quitarme este complejo de bulto sospechoso en el que nadie repara. Me siento transparente y…

-¡Basta ya Bernardo! ¿La piráfula?

-La piráfula, Don Arturo, me tiene sin sueño. Cuando usted ayer dijo que hoy hablaríamos sobre ella, no pude pegar ojo. Incluso me he orinado en la cama, cosa que no hacía desde hacía tres años

(Risas en el resto de la clase)

-Silencio! ¡Dejad la risa para el recreo!

(El profesor se tapa la boca con una mano intentando que no le note que aguanta la risa)

-Continúe, Bernardo, ¿y...?

-Pues, la pirá... (El niño tose, se atora y no puede seguir su explicación)

-Déjelo. Pasemos a Felisa. ¡Felisa!

-Pues...la piráfula, si nos remontamos a la época en la que las técnicas de desarrollo iniciaron el proceso de la mayor y más fértil etapa en la que los seres humanos descubrieron que no sólo con la implantación de los conceptos perifrásticos de un lenguaje…


-¡Ya empezamos con las simplificaciones! La piráfula es algo más que todo eso. No ha entendido usted nada de la materia ingente que colabora en la factorización de las enmiendas.

(Don Arturo da un giro brusco y señala a otro alumno con el dedo)

-Por amor de Dios, Genaro, ponga en claro la piráfula porque hasta ahora nadie ha sabido comprender no solo su importancia sino una descripción que se aproxime a su auténtica realidad.

-Dos Arturos, digo Don Arturo, la piráfula no puede ser objeto de discusión. Pienso que todos debemos concebirla como lo que es y no por los queremos que sea.

-Muy bien, Genaro, va usted por la senda correcta...pero ¿podemos estimular los sentidos sin detrimento de la razón? Piénselo bien antes de contestar.

-En absoluto, Dos Arturos, perdón, don Arturo. Me remito a las tesis sobre el protoplama del Dr. Enric Mastrovanni.

-¡Muy bien! Pero...le falta ese pequeño salto entre la comprensión y la absorción intelectual del hecho en sí. ¿Debemos acercarnos a la piráfula sin remordimiento? No conteste Genaro, que ya lo hace Koska, la rusa.

-Я русский, и я провожу учителя в кожу моих трусиков

(Traducción aproximada: soy rusa y me paso al profesor por el forro de mis bragas)

-Sigo sin entenderla, señorita, desde que reinició usted la lengua rusa después de haberla olvidado por completo.

(El profesor da dos pasos y se dirige a otro niño)

-Señorito Verlasco, ¿con qué confundiría o con qué podría usted confundir una piráfula?

-¡Por favor, don Arturo! ¡La piráfula es inconfundible!

-¡Muy bien Verlasco! Pero, en el hipotético caso de que…

-No hay hipotético caso que valga, Don Arturo y disculpe mi atrevimiento. La piráfula siempre se distinguiría por su propia esencia.

-Ya, ya… Verlasco y por supuesto no disculpo su atrevimiento rayano en la más descarada ineducación, pero la esencia “per se” no hace distinguible a las cosas. Si fuera así nunca nos equivocaríamos al elegir a un presidente o a un partido en las elecciones. ¡Váyase con su esencia a la mierda, señorito Verlasco, y no lo tome usted a mal!


(Suena un timbre que señala el final de las clases)

-¡Se acabó! Mañana, aprovechando que ya todos conocemos y nos movemos con soltura con la piráfula, seguiremos con otro tema que guarda estrecha relación con ella: El Piñón de Brito. Buscad información en las enciclopedias y traed un breve resumen a doble espacio…o mejor…a triple espacio.

Un avión sobrevuela la escuela haciendo un ruido ensordecedor.

FIN

sábado, 19 de mayo de 2012

El castillo de Nevsky

Prólogo:

Este relato forma parte de otra de las tareas que nuestra "profe" del taller literario nos encargó hace poco. En este caso se trataba de escribir un cuento siguiendo los esquemas clásicos y que , a ser posible, fuera fácil su transmisión oral. Me ha salido este cuento "gótico". Voilà.


Nadie recordaba un invierno con tanta nieve en Nevsky. El pueblo, incrustado entre roquedales, desnudó el luto de sus tejados y vistió de blanco durante varias semanas. El castillo, empeñado en perdurar, se desmoronaba poco a poco, habitado sólo por murciélagos, ratas y topos.

En una humilde pero confortable vivienda, el anciano, rayando la centena, se cubría el cuerpo con el calor de las llamas de la lumbre, mientras que los tres jóvenes, su nieto y dos amigos, permanecían sentados en el suelo, junto a él, observando cómo el humo huía por la chimenea en busca del aire frío del exterior.

-¡Abuelo! ¡Cuéntenos la historia del castillo! Dijo Mihai, el nieto, mientras guiñaba con complicidad a sus amigos.

El abuelo se frotó la nariz con los nudillos, limpiando las gotitas de un incipiente catarro y con voz trémula pero segura, comenzó su relato:

“Este castillo, mis queridos imberbes, del que ahora sólo quedan sus ruinas, fue construido por el conde Vladimir I después de conquistar este territorio hace más de doscientos años, tras pasar a cuchillo a casi toda la población. Su esposa, una condesa valaca muy guapa, murió entre sus muros durante el parto de su primera y única hija. Cuando enviudó, Vladimir se encerró en la fortaleza y muy rara vez se le pudo ver en persona. De la misma manera, su hija, la condesita Meulina, que al parecer superaba en belleza a su madre, apenas se dejó contemplar fuera del fortín.

Dos veces al año, cabalgando sobre sobrios corceles, salían del castillo los esbirros del conde y recaudaban los tributos, bien en monedas de plata bien en objetos de valor, si no se disponía de dinero. Además, los campesinos eran obligados a transportar alimentos y parte del fruto de sus cosechas hasta el límite mismo de la enorme puerta levadiza, donde la servidumbre terminaba por acarrear todo hacia el interior.

Cuando Meulina cumplió 16 años, su padre organizó una fastuosa fiesta en su honor. Hizo engalanar los torreones con gallardetes y banderolas; las risas y la música rebosaban por los muros llenando el aire, leguas a la redonda. Entonces, Vladimir ordenó repartir entre sus súbditos unos exquisitos dulces desconocidos por los lugareños. 

Del pequeño destacamento que distribuía las golosinas, se adelantó un hombre a caballo, con mostacho y largas manos, llamado Mircea, convocando por la fuerza de su espada a todos los ciudadanos. Desenrolló un pergamino y con voz potente inició su lectura:

-¡Vecinos de Nevsky! ¡Prestad atención si no queréis acabar vuestros días como carroñas para las alimañas! ¡En nombre del conde Vladimir I el Victorioso, nuestro señor, Dios le proteja, dueño y valedor de todas estas tierras, hago saber que es su deseo invitar a los actos de celebración del aniversario de su hija Meulina, Dios le otorgue larga vida, a un joven de su edad con la condición de que no haya tenido aún contacto carnal con mujer alguna!

Varios muchachos se adelantaron ofreciéndose como voluntarios, pero el hombre del mostacho señaló con el dedo a uno de ellos, llamado Matei y lo hizo subir a la grupa de su caballo.
De Matei nunca más se tuvo noticia alguna. Se cuenta que, algún tiempo después, alguien vio, en otro pueblo, a un ciego que se le parecía.

Al año siguiente, el día del cumpleaños de la condesa, acaeció lo mismo. En esta ocasión, el miedo hizo que los jóvenes del pueblo se escondieran, pero el hombre del mostacho y sus huestes fueron casa por casa hasta que dieron con Dimitri, quien apenas estrenaba la pelusa de sus labios y al que sacaron a empellones. Dimitri fue alejándose a la grupa del caballo de Mircea, camino del castillo, no retornando jamás al pueblo.

Cuando Meulina cumplió 18 años, llegó el turno a otro adolescente que tras ser arrancado de su familia, amaneció muerto en el río, sin sus ojos. Año tras año se repetía esta secuencia de acontecimientos: Los jóvenes o bien desaparecían sin dejar rastro o aparecían, cegados, en los lugares más insospechados.

Pasaron más de ochenta años y nadie se atrevía a preguntar si el conde aún vivía, a pesar de que, de ser así, su edad debería aproximarse a los 130 años; pero sus órdenes aún se transmitían y sus secuaces seguían saliendo puntualmente del castillo para cobrar los tributos normales y el tributo especial del joven virgen para la condesita, la cual, si el tiempo pasa para todos por igual, rozaría ya el siglo”

      -Pero, queridos mozalbetes, dijo el abuelo cambiando el ritmo y tono de voz. Sucedió lo que os voy a contar. Pero antes, os advierto que no es nada agradable y si vuestros corazones no están preparados mejor será dejar el relato en este momento, esperar a que la noche transcurra y concluirlo a la luz del día.

       -¡No, no, abuelo! ¡Siga, siga! Gritaron a coro los tres muchachos.

“Uno de esos años, una madre, temiendo que vinieran a por su hijo adolescente, simuló que el chico había quedado ciego a causa de una enfermedad. Aún así, el hombre del mostacho, por el que no parecía tampoco pasar el tiempo, lo escogió y aupándolo a la grupa del caballo lo transportó galopando hasta el castillo.

En un amplio aposento, el joven, aunque atemorizado, seguía fingiendo ser ciego. Un esbirro, no estando seguro de su ceguera, le quiso probar acercándole unas tenazas incandescentes hacia los ojos pero el falso ciego aguantó sin parpadear tras lo cual le creyeron.  A continuación, dos doncellas lo introdujeron desnudo en una tina con agua calentada al fuego y lo embadurnaron con perfumes y bálsamos. Una vez seco y vestido con una especie de batín de seda roja, le acompañaron hasta el dormitorio de la condesa Meulina. El joven, con el miedo escarbando su cuerpo, sin atreverse a entreabrir los ojos para ver la escena, notó como las doncellas le despojaban del batín. Entonces, osó mirar por una estrecha rendija abierta entre sus párpados y divisó en el lecho a la mujer más hermosa jamás vista. Su cabello era dorado como la corona de un rey; su tez blanca, de una palidez que invitaba a sonrojarla con caricias y tenía unos labios ansiosos y unos ojos brillantes como estrellas fugaces que se clavaron con apetito en el cuerpo del joven.

Las dos doncellas procedieron a retirar las sábanas de paño fino con embozo bordado de flores turquesas y en ese momento, cuando debía aparecer el cuerpo de la condesita, un amasijo de carne putrefacta trufada de ojos humanos, ocupaba su lugar. El joven vomitó y antes de que las doncellas dieran la voz de alarma al advertir que mentía acerca de su ceguera, saltó a través del ventanal cayendo entre los arbustos del jardín. Corriendo como un poseso hacia el pueblo, pudo escapar a los embates de la guardia del conde.Cuando se encontraba a una distancia prudencial, volvió la cabeza hacia el castillo percatándose de que había quedado ciego de verdad"


 -Ese día, en Nevsky, cualquiera pudo ver e incluso oler, la espesa humareda verdosa que se desprendía del castillo, el cual, desde entonces, como podéis comprobar, se encuentra abandonado y yo diría, maldito.

 -¡Abuelo! Y… ¡cómo se llamaba aquel joven!

             -Husarsky

             -¡Qué casualidad, abuelo, como usted!

          El abuelo, a tientas, agarró el jarro de lata y bebió un sorbo de vino rojo y ácido, chasqueando la lengua.

            -Sí, tienes razón, ¡qué casualidad!